La creación del Estado de Israel

Nota del Editor: séptimo de una serie de artículos para entender el conflicto entre Israel y Palestina. Agradecemos a la autora por autorizar la publicación de su ensayo histórico en el blog noticioso Prensa sin censura.

Dra. Mercedes Saborido

Universidad de Buenos Aires, Argentina

La llegada al poder del Partido Laborista en Gran Bretaña en julio de 1945, que había manifestado posiciones claramente pro-sionistas, despertó grandes esperanzas en toda la comunidad judía y especialmente en sus partidos socialistas. Pero la desilusión no tardó en llegar: el primer ministro Clement Attlee y los laboristas, mantuvieron e incluso exacerbaron la política antisionista de sus antecesores conservadores. Esta nueva decepción vino acompañada de una reacción; la Hagana se unió con el Etzel y el Lehi en el marco del Movimiento Judío de Resistencia.

La política británica con respecto a la cuestión judía quedó claramente demostrada, cuando Ernest Bevin, ministro de Relaciones Exteriores, el 3 de noviembre de 1945 estableció que los refugiados judíos debían quedarse en Europa y dispuso que no se cambiaría la cuota de 14.500 inmigrantes anuales, incluso rechazando el pedido del presidente norteamericano Harry S. Truman de aumentar esa cuota a 100.000. Por último, y para que no hubiera dudas, declaró que en Palestina debía crearse un Estado palestino y no un Estado judío.

De acuerdo con estas declaraciones, no es difícil entender cómo el período que va desde la finalización de la guerra hasta 1948, años en que se crea el Estado de Israel, estuvo marcado por una tenaz propaganda sionista en contra del Mandato británico. El sentimiento de traición los llevó a presionar sobre el gobierno norteamericano con la intención de obtener lo que se le había prometido en la Declaración Balfour, mientras de forma paralela continuaban con la colonización de las tierras y las inmigraciones clandestinas, que no habían cesado durante el transcurso de la contienda.

El 1 de mayo de 1946 una comisión estadounidense publicó unas conclusiones en las que recomendaba la inmigración inmediata de 100.000 refugiados judíos y la suspensión inmediata de las restricciones a la venta de tierras a los judíos en Palestina (Ben Ami, S y Medin, Z., 1991, p. 70). La reacción de los ingleses fue el rechazo total a esas recomendaciones, lo que provocó una fuerte oposición en el Movimiento de Resistencia Judía, que hizo explotar en junio de ese año los puentes que comunicaban los territorios de Palestina con los demás países limítrofes. Ante estos atentados, los ingleses respondieron con el llamado “Sábado negro”, en el cual detuvieron a todos los miembros de la Agencia Judía que se encontraban residiendo en Palestina y a otras miles de personas sospechadas de alguna participación en las fuerzas armadas judías. La respuesta de los sionistas fue el atentado antes mencionado a la sección del “Hotel David King”, donde se encontraban las oficinas del gobierno central mandatario.

Ante esta escalada de violencia, el gobierno británico consideró preferible transferir la solución del problema a las Naciones Unidas. Así, a finales de abril de 1947, se convocó una sesión extraordinaria de la Asamblea General de las ONU, con la intención de tratar el problema palestino. En ella incluso la Unión Soviética manifestó su apoyo a la causa judía; fue así que se creó una comisión especial que incluía once países con el objeto de estudiar el problema y proponer una posible solución. Las distintas proposiciones presentadas se inclinaban a la formación de dos Estados, uno judío y otro árabe, en tanto que Jerusalén quedaría bajo jurisdicción internacional. A finales de noviembre de 1947 se aprobó la partición del territorio palestino, por una mayoría de 33 votos (entre los que se encontraban los Estados Unidos y la Unión Soviética) contra 13 (compuesto fundamentalmente por países árabes como Egipto, Siria, Líbano pero también Grecia, Cuba y la India) y 10 se abstuvieron (entre ellos Gran Bretaña y Argentina). La resolución Nº 181 aprobada por la Asamblea General de la ONU, relativa al reparto de Palestina estipulaba:

La Asamblea General recomienda al Reino Unido, en calidad de potencia mandataria en Palestina, así como a todos los demás Estados miembros de la ONU, la aprobación y la puesta en práctica, en lo concerniente al futuro gobierno de Palestina, del plan de reparto con unión económica expuesto más adelante (…). El mandatario sobre Palestina finalizará lo antes posible y, en cualquier caso, el 1 de agosto de 1948 como muy tarde. Las fuerzas armadas de la potencia mandataria evacuarán progresivamente Palestina (…). Los Estados independientes árabe y judío, así como el régimen internacional particular previsto para la ciudad de Jerusalén (…), empezarán a existir en Palestina dos meses después de la evacuación de las fuerzas armadas de la potencia mandataria haya acabado y en cualquier caso, el 1 de octubre de 1948 como muy tarde (UN, 1948).

El Plan de Partición otorgaba a los árabes la Franja de Gaza y una pequeña zona del Neguev limítrofe con la península del Sinaí, parte de Galilea con más de la mitad del curso del Jordán y una porción de terreno junto a las fronteras con el Líbano. Israel recibía por su parte una amplia zona del Mediterráneo, la mayor parte del Neguev, con salida al mar Rojo, la franja al oeste del Jordán; importantes puertos de Jaifa y Jerusalén quedaba bajo tutela internacional. En total la partición entregaba a los judíos el 57 por ciento del territorio y a los árabes un 43 por ciento (Tilley, 2007, p. 79). Tel Aviv fue declarada la capital provisional del flamante Estado desde 1948 a 1950, no sólo como consecuencia del Plan de Partición sino como clara presencia del ala más progresista del sionismo que trataba de distanciarse del conservadurismo religioso rabinístico que presionaba por Jerusalén, transformándola en el paradigma de la modernidad en Israel.

En mayo de 1948, los Estados Unidos y la Unión Soviética las dos principales potencias protagonistas de la Guerra Fría pese a sus diferencias en otros conflictos internacionales, decidieron apoyar la conformación de una nueva organización política, denominada Estado de Israel. Existen distintas explicaciones para esta inédita coincidencia ruso-americana aunque todas parecen apuntar a dos razones principales: la primera se relaciona con el Holocausto y el posterior lobby judío, que constituyeron fue una causa fundamental para la casi unánime aceptación mundial de esta flamante entidad política en el medio del mundo árabe (Pappe, 2014, p. 181). En relación con esta creencia, Finkelstein asegura, no obstante, que tal lobby no tuvo éxito en el caso norteamericano. En su polémico libro titulado La industria del Holocausto (2000) el autor sostiene la hipótesis de que los Estados Unidos en general, pero la comunidad anglo judía en particular, desoyeron los reclamos del sionismo en torno a la creación de un Estado independiente. Al parecer, según Finkelstein, Medio Oriente no fue un interés prioritario en las planificaciones estratégicas de Estados Unidos hasta 1967. Eisenhower se esforzó durante esos años en equilibrar el apoyo de Israel (por el voto judío) y a los países árabes (de acuerdo a los intereses del Departamento de Estado).

Un segundo factor que influyó de forma destacada en las negociaciones fue sin duda la situación geoestratégica de la zona medio oriental: las dos potencias triunfantes, aunque todavía tímidamente, se estaban dividiendo sus aéreas de influencia y esos territorios eran apetecibles para ambas. De allí que intentaran desplegar al máximo su estrategia de alianzas, buscando influir en el nuevo Estado.

En el caso particular de Rusia, los investigadores trataron de explicar el apoyo brindado a la causa judía-sionista por parte de los soviéticos, autores como Dagan (1970) y Golan (1990) parten de la idea de que el apoyo brindado por los rusos a la causa judía se debió fundamentalmente a aspectos de corte ideológico: por un lado, la solidarización con la comunidad semita por los sufrimientos atravesados; por otro, como consecuencia, la presión de los partidos comunistas mundiales.

Otras explicaciones brindadas por Dagan, y sostenidas en la época por la Unión Soviética, refieren a la desconfianza que generaban los regímenes árabes, ya que años atrás habían apoyado al Eje (Dagan, 1970, pp.20-21). Asimismo, esa desconfianza se basaba en el hecho de que después de finalizada la guerra este sector del mundo árabe había optado por apoyar la causa británica en los conflictos de esta potencia mandataria con los pueblos árabes y judíos. La opción de la partición y el apoyo a la causa judío era, a corto plazo, la estrategia más rendidora para los soviéticos si se considera que su objetivo era erosionar el poder británico en la zona:

La justificación de la posición pro judía-sionista por parte de los soviéticos, tiene que ser pensada desde una perspectiva cortoplacista, ya que la victoria judía en la zona le era útil a la URSS. Un estado binacional en Palestina sería un estado dominado por árabes y como consecuencia, por los británicos. La partición era no solo la única solución viable para las hostilidades entre ambas comunidades, sino también, para los intereses soviéticos en la zona (Golan, 1990, p. 36).

De allí que, con la intención de penetrar en la zona, e ignorando la visión democrática y pro-occidental del sionismo, Stalin decidió enviar una considerable asistencia a los judíos en la primera guerra palestina desde Checoslovaquia, incluso antes de que los comunistas checoslovacos se hicieran del poder en Praga (Mastny, 1996 p. 56).

El fuerte apoyo brindado a la causa sionista por parte de muchos judíos del mundo, como lo hizo parte de la comunidad judía soviética, alarmó a los líderes del Kremlin. Personalidades destacadas, festejaron el surgimiento del nuevo Estado judío declarando incluso que ya tenían un estado ellos también como comunidad (Zubok, 2007, p. 57). Durante la guerra, Stalin arrestó a judíos conocidos, como la esposa de Molotov, y mandó matar a personajes de renombre como el actor Solomon Mikhoels, líder del Comité Judío Antifascista. Ello representó el primer paso de una colosal campaña contra la “conspiración sionista” que culminó años más tarde con los arrestos realizados en ocasión del denominado “affaire de los doctores del Kremlin”.

La resolución de la ONU del 29 de noviembre de 1947 que dividió a Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, fue una gran victoria para los sionistas, ya que habían logrado crear un Estado reconocido internacionalmente:

(…) el atrevido impulso de los sionistas para crear hechos desde cero y construir las instituciones del futuro Estado se veía ahora complementado por una habilidosa manipulación de la catástrofe judía, el Holocausto, que le ganó apoyo internacional a su causa (…) (Ben Ami, 2003, p. 46).

El apoyo al Plan de Partición por parte de Ben Gurión y los judíos fue una maniobra táctica; lo que estaban haciendo, de alguna manera, era ganar tiempo para preparar sus tropas como para poder luchar contra sus vecinos árabes. Como explica Warschawski (2002) “el único Plan de Partición en la política de Ben Gurión era la partición del futuro árabe entre Israel y el Emirato de Transjordania” (p. 34).

La estrategia árabe se encontraba en las antípodas de la judía:

(…) cómo iba a aceptar cualquier dirigente palestino, por muy moderado y realista que fuera, que a una minoría de menos de un tercio de la población global se le otorgase más del 60 por ciento del territorio hasta tal punto que en el propio estado judío, los palestinos representaban el 45 por ciento de la población (…) (Warchawski, 2002, p. 33).

Fue así que, sin siquiera dudarlo, rechazaron de base el plan votado en la ONU; la Liga Árabe se negó a aceptar la formación de un Estado judío en tierras palestinas, anunciando que llegado el caso recurriría a medios violentos; argumentaban que la creación de este nuevo Estado era para resarcir a los judíos de los horrores cometidos contra ellos por la Alemania nazi y la Europa cristiana.

Por lo tanto, en un contexto de gran incertidumbre, en mayo de 1947 comenzaron los enfrentamientos entre árabes y judíos. Vale aclarar en este punto que las ofensivas llevadas a cabo por los árabes y más específicamente por la Legión Árabe –milicias entrenadas por los británicos- sobre la población civil inocente, dieron comienzo a un ciclo de violencia injustificada. La Hagana por su parte, dio órdenes a todos los judíos que por ninguna razón abandonaran sus tierras. En los alrededores de la ciudad de Jerusalén se llevaron a cabo varios enfrentamientos sangrientos.

La autora es Licenciada en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política y Doctora en Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA y docente de la UNLaM. Email: mersaborido@hotmail.com

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