Nota del Editor: quinto de una serie de artículos para entender el conflicto entre Israel y Palestina. Prensa sin censura agradece a la autora por autorizar la publicación de su ensayo histórico en este blog noticioso.
Dra. Mercedes Saborido
Universidad de Buenos Aires, Argentina
En el Cercano y Medio Oriente, el Imperio Otomano ya había comenzado su proceso de decadencia en el siglo XVIII, debido a su incapacidad para adaptarse a los tiempos modernos. La escasa innovación y eficiencia del ejército, entre otras razones, condujo a la pérdida de Grecia en la década de 1820 y a la cada vez más frecuente intervención de las potencias occidentales en sus territorios de influencia.[19]
Los acontecimientos que caracterizaron a la Primera Guerra Mundial supusieron un quiebre en el complejo mundo colonial ya que la contienda sirvió, entre otras cosas, para acelerar muchos procesos de afirmación nacional que se venían gestando. Tanto el mensaje derivado del discurso leninista como la declaración del presidente norteamericano Woodrow Wilson sobre la autodeterminación de los pueblos fueron el telón de fondo de las reivindicaciones particulares de las naciones hasta entonces sometidas al control colonial. De hecho, la participación activa de las mismas en la contienda mundial luchando por sus metrópolis fue lo que, en algunos lugares, les generó un empeoramiento en sus condiciones de vida. Más que nunca, los imperios se aprovecharon de sus colonias extrayendo productos de todo tipo, ya sea alimenticios o energéticos, para poder abastecer el frente de batalla. No sólo eso, sino que además se practicaron levas forzosas masivas para luchar en el frente de batalla.
El nacionalismo árabe tuvo sus orígenes a principios del siglo XX y se manifestó durante la Primer Guerra Mundial cuando el Imperio Otomano, aliado de Alemania, comenzó a perder el control sobre sus dominios árabes -ayudado por la influencia del movimiento de los “Jóvenes Turcos” que puso fin al viejo sistema de sultanato[20]- y cuando los aliados empezaron a intervenir en el futuro de estos territorios. Terminada la guerra y firmado el Tratado de Sèvres, los árabes se sintieron defraudados al quedar destrozada su visión independentista, pues seguían sometidos al imperialismo europeo. Su rechazo del mundo occidental se vio potenciado por la influencia de la Revolución Rusa, que estaba difundiendo su mensaje antiimperialista también en el mundo musulmán.
El arabismo se basó en tres aspectos fundamentales: la lengua árabe, que aunque tiene distintas variantes, permite una unificación de la comunidad; rasgos culturales, centrados fundamentalmente en la religión islámica[21]; y la identidad arábiga asociada a una historia común.
La aparente debilidad del nacionalismo árabe, en contraposición con el judío, deriva, como explica Fusi (2003), de los mismos factores constitutivos de su arabismo: la idea de nación moderna y la fuerte tradición islámica. Según el autor, el desafío por el que atravesaba el mundo árabe por aquellos años era “compatibilizar nacionalismo, una ideología secular, e Islam, como fundamento para construcción de estados árabes modernos y eficaces” (p. 217-218). Para 1948, el nacionalismo árabe era solo un proyecto político que todavía no había logrado manifestarse en ningún caso concreto. Recién a partir de la década de 1950, con la llegada al poder de grupos nacionalistas árabes en Egipto y Siria, el proyecto se transformó en realidad.
Como proceso paralelo se fue gestando el nacionalismo palestino. En algún sentido, los nacionalismos tanto israelí como palestino tiene ciertas similitudes: ambos se consolidaron ideológicamente en un contexto colonial y los dos fueron la reacción a la no existencia de una estructura estatal.
El mandato de Palestina, al igual que el de Siria e Irak, se conformó a partir de las anteriores provincias otomanas, y sus fronteras fueron establecidas por los poderes de los mandatarios. Al igual que Siria, el mandato de Palestina fue subdividido en dos separando a Palestina de Transjordania, que posteriormente se transformó en el Estado de Jordania. Los sectores de la elite urbana de Palestina comenzaron rápidamente a politizarse pregonando con fuerza el nacionalismo palestino: “(…) La nueva interpretación de la vida como experiencia nacional se formuló en los círculos de los clanes familiares de las principales ciudades de Palestina (…)” (Pappe, 2014, 122). Pero en el mundo rural las cosas eran diferentes: por su lejanía y desconexión la política solo tocaba a este sector de forma marginal.
Atraídos originalmente por las reclamaciones del rey Faisal de Siria, que requería la zona de Palestina como parte del reino de Gran Siria, la elite local prestó su apoyo pero el rey Feisal fue expulsado de Siria en 1920. El gobierno británico fue el encargado de terminar de transformar a esos clanes familiares en los líderes nacionalistas palestinos. Al imponer los millet[22], se reinventó el concepto de muftí, clérigo musulmán que emitía veredictos en base a sus conocimientos. En Palestina había muchos muftíes: uno por cada ciudad importante. Los británicos decidieron nombrar a Kamil al-Husseini como el gran líder de Palestina, quien distaba mucho de profesar ideas nacionalistas, pero luego será reemplazado por su hermano Amil al-Husseini, quien se convirtió en el principal líder del movimiento nacionalista (Criscaut, 2008, p. 5)
La Declaración Balfour de 1917 generó un gran rechazo por parte de la comunidad árabe palestina realizando grandes movilizaciones y revueltas. Amil fue exiliado a Transjordania permitiéndosele volver en 1921. A su regreso se consolidó como el gran líder del movimiento pero sus relaciones con el Alto Comisionado Británico lo hacían poco fiable.
El ascenso de la elite política sionista y su gran movilización generaron grandes avances en el tema judío en Palestina. La rivalidad entre ambas elites era evidente, y no sólo entre la cúpula política sino también entre las masas. Los enfrentamientos entre ambas comunidades se convirtieron en hechos cotidianos, de allí que los británicos tomaran conciencia que construir un Estado moderno en Palestina iba a ser una tarea por demás compleja, por lo que decidieron aplazar el tema. Como explica Akel[23],
“(…) el descontento palestino dio lugar entre 1932 y 1935, a la creación de cinco partidos políticos palestinos de extracción nacionalista. La opinión predominante en las bases palestinas y en los sectores intelectuales era que ni la diplomacia ni las negociaciones europeas habían logrado resultados positivos y sólo una Intifada (rebelión popular) contra Gran Bretaña, pondría fin a la ocupación colonial y detendría el avance sionista en Palestina (…).” (en prensa)
Como estrategia para aunar fuerzas frente a los enemigos sionista y británicos que operaban en su tierra, el 25 de abril de 1935, los líderes de los cinco partidos políticos palestinos recientemente creados[24] fundaron el llamado «Alto Comité Árabe»[25], bajo la presidencia de Haj Amin Al-Husseini, Mufti de Jerusalén, anunciando que actuaría: “(…) hasta que se constituya un gobierno nacional responsable ante una Asamblea representativa, se prohíba el traspaso de propiedad de tierras árabes a judíos y se interrumpa la inmigración judía de la mano de la ocupación británica” (Akel). Estos partidos, cuya fuerza era relativa frente a un poderoso enemigo, con el tiempo y luego de la caída de Palestina en 1948, se fueron ensamblando en la década del ’50 en el Movimiento de Liberación de Palestina Al Fatah. Fue recién en esta era cuando la elite palestina nacionalista logró infiltrarse en términos ideológicos en el mundo rural. No obstante, era tal el atraso económico en el campo que costó mucho la identificación de las masas con esos líderes políticos que en general pertenecían a otro sector económico. Surgió un líder efímero pero idealizado con el tiempo: Izz al- Din al- Qassam, que sacrificó su vida por la causa; pero se trató de un caso excepcional.
La Gran Revuelta árabe de 1936 provocó un clima de fuerte hostilidad entre palestinos y británicos, situación que persistió hasta la Segunda Guerra Mundial. Los actos de violencia se sucedieron incesantemente y la represión británica fue dura. El resultado de estos episodios fue el exilio de al- Husseini y el aniquilamiento de todos los notables nacionalistas de cierta trascendencia. Como afirma Pappe, “el vacío resultante lo cubrieron los políticos de los Estados árabes vecinos” (2014, p. 157). A partir de allí el destino de la nación palestina se asociaría con el accionar de los líderes circundantes.
En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos, el gran vencedor de la Segunda Guerra Mundial, instó a Gran Bretaña y a Francia a que apresuraran el proceso descolonizador para evitar posibles revoluciones apoyadas por el bloque comunista. Los dominios árabes quedaron limitados, al norte, por el paralelo 30°, cuando sus ambiciones originales alcanzaban hasta el paralelo 37, además de verse obligados a consentir el enclave judío que tantos conflictos internacionales iban a provocar.
Para cuando se estableció el Plan de Partición y se creó el Estado de Israel (ver más adelante), los palestinos como movimiento político estaban desestructurados. El historiador israelí Benny Morris denominó al período que va de 1937 y 1948 el período de “neutralización del nacionalismo árabe,” y eso se debió fundamentalmente a las consecuencias que tuvo la revuelta árabe que dejó miles de palestinos muertos (2004, p. 23). Cuando en 1947 llegó el momento de luchar contra los sionistas que empezaron a ocupar sus tierras, los palestinos ya eran un pueblo derrotado, con una marcada desventaja frente a la estructura casi estatal y bien organizada de los judíos. Entre 1948 y 1964, cuando se creó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), se creyó incluso que los palestinos, como actores independientes dentro del conflicto de Medio Oriente, habían casi desaparecido, ya que la voz contante de los reclamos, la llevaban los países árabes circundantes. Sin embargo, la derrota del 1948 inauguraría una nueva cultura del refugiado que fue base fundamental para la lucha del nacionalismo palestino.
La autora es Licenciada en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política y Doctora en Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA y docente de la UNLaM. Email: mersaborido@hotmail.com
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