Nota del Editor: cuarto de una serie de artículos para entender el conflicto entre Israel y Palestina. Prensa sin censura agradece a la autora por autorizar la publicación de su ensayo histórico en este blog noticioso.
Dra. Mercedes Saborido
Universidad de Buenos Aires, Argentina
Los intereses y pretensiones de los ingleses sobre Medio Oriente cambiaron apenas finalizó la Primera Guerra Mundial. Sus objetivos estratégicos experimentaron un viraje desde una posición filosionista a otra proárabe, basándose en una política exterior mucho más realista que ética e idealista. En este nuevo contexto, el movimiento sionista consideró fundamental un acercamiento al mundo árabe y a finales de 1918 el líder del movimiento, Weizmann, se entrevistó con el emir Faisal, líder del nacionalismo árabe que, como vimos, estaba por ser coronado rey de Siria. En esos años se establecieron buenas relaciones entre los dos movimientos llegando incluso a firmarse el 3 de enero de 1919 un pacto entre ambos, en el que el emir prestaba su apoyo a la Declaración Balfour y a la inmigración judía. Incluso en una carta posterior del 5 de marzo de 1919, el emir Faisal reivindicaba los dos nacionalismos y consideraba que de hecho ambos movimientos se complementaban:
Nosotros sentimos que los árabes y los judíos son primos de raza, habiendo sufrido opresiones similares por parte de potencias más fuertes que ellos, y que por una feliz coincidencia han sido capaces de dar en conjunto el primer paso para el logro de sus ideales nacionales (…) Nosotros los árabes, especialmente los ilustrados, vemos con profunda simpatía al movimiento sionista (…) El movimiento judío es un movimiento nacional y no imperialista, y hay lugar en Siria para nosotros dos (…) En realidad considero que ninguno de los dos podría tener éxito sin el otro (…) (citada por Ben Ami y Medin, 1991, p.42)
En relación con esta alianza estratégica entre una elite árabe y el movimiento sionista, Finkelstein considera que “la dependencia fundamental del sionismo con respecto a los británicos para establecer y mantener su dominio en Palestina, restringía sus opciones frente al mundo árabe” (2003, p.75), es decir que sólo podría llegar a algún acuerdo en tanto y en cuanto éste fuera funcional a los intereses británicos en la zona. En la práctica, eso significó que los sionistas pactaran con una elite árabe igualmente dependiente de los británicos –el emir Faisal- que era sumamente impopular entre su propio pueblo. “Dada la propia naturaleza del proyecto sionista –esto es, la pretensión de implantar un Estado judío excluyente en medio del mundo árabe y a expensas de los árabes palestinos- sólo de las élites árabes más corruptas podían en cualquier caso esperarse que se alinearan con él” (Idem, p. 46).
Los ingleses poco a poco se desentendieron de su responsabilidad en la creación del Hogar para los judíos que estipulaba la Declaración Balfour; sin embargo, el movimiento sionista no se manejó solamente mediante una estrategia diplomática, sino que efectuó en forma paralela una política de colonización de tierras palestinas. Ya en la década de 1920, la población judía se triplicó llegando a 160.000 personas; se crearon numerosas colonias agrícolas y empresas industriales, a pesar de la política británica contraria a la inmigración judía en la zona. En octubre de 1920 se reunió la denominada Asamblea Constituyente, que sería luego llamada Asamblea Electa. Formaron parte de esta organización los representantes de los partidos políticos hasta ese entonces existentes, prevaleciendo desde un principio los partidos de corte socialista, destacándose entre los mismos el Mapai (Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel- Mifleget Poalei Eretz Israel)[16], liderado por David Ben Gurión.
Para ese entonces sólo faltaba cerrar diplomáticamente el mapa de Medio Oriente, lo que se efectuó en una conferencia en El Cairo en marzo de 1921, en la que las potencias mandatarias establecieron los límites en la región de la Mesopotamia. El rey Faisal quedó con el premio consuelo de ocupar el actual territorio iraquí, mientras que su hermano obtuvo un pequeño territorio en Transjordania, donde fundó la ciudad de Amman.
Finalmente, el 24 de abril de 1922, la Sociedad de las Naciones confirmó la vigencia del Mandato Británico en Palestina. La situación allí era bien diferente a la de Irak y Transjordania, ya que Londres en este caso no podía proceder a la institucionalización de un nuevo Estado porque eso significaba inclinarse ante la fuerza numérica de los árabes.
Tres fuerzas actuaron sobre las tierras palestinas, y determinaron el futuro de la situación: 1) Gran Bretaña, que desde ese año ejerció el Mandato sobre esas tierras hasta mayo de 1948, pero que recién en 1937 reconoció la necesidad de dividir las tierras palestinas en dos estados distintos, uno árabe y otro judío. 2) Los sionistas, que desde hacía años venían organizando sus propias instituciones que luego le permitieron constituirse como Estado. 3) los árabes palestinos, representados por el Consejo Supremo Musulmán, presidido por el Muftí de Jerusalén, Hadj Amine Al Husseini, y el Partido Palestino Árabe Nacional, y más tarde por el Alto Comité Árabe creado en 1936 que, sintiéndose traicionados por los británicos, comenzó a efectuar acciones violentas contra los judíos.
Los primeros episodios tuvieron lugar en abril de 1920 con motivo de la festividad religiosa coincidente para judíos y palestinos (Yom Kippur). El Día del Trabajador de ese mismo año también estuvo teñido de violencia, lo que obligó a Gran Bretaña a enviar la primera de una serie de comisiones destinada a investigar el problema árabe-judío. La primera (1921) estuvo a cargo de lord Thomas Haycraft –de allí toma el nombre de Comisión Haycraft-, determinando que la principal causa del conflicto en la zona eran las constantes inmigraciones judías. Al año siguiente, cuando Wilson Churchill estaba a cargo del ministerio de Colonias, se publica en Londres un Libro Blanco [17]. En él se argumentaba que nunca se había pretendido la subordinación de la mayoría árabe a ninguna autoridad sionista y se dio un paso más en la aceptación de las exigencias árabes al permitir la emigración en la medida en que fuera posible por la capacidad de absorción económica de Palestina:
Se ha dicho que nuestra intención era hacer una Palestina tan judía como Inglaterra inglesa. El gobierno de su Majestad considera, sin embargo, tales expectativas totalmente infundadas y no alberga semejantes intenciones. La declaración Balfour no contempla, por contra, que Palestina, como un todo, vaya a convertirse en un hogar nacional judío, sino solo que dicho hogar debe crearse en Palestina (citado en Laquer, y Rubin, 2001).
En 1928 y en agosto de 1929 tuvieron lugar unas nuevas rebeliones antijudías en Jerusalén, caracterizadas por un alto grado de violencia. La nueva comisión enviada para estudiar el caso, denominada Shaw, dio lugar a la publicación de un nuevo Libro Blanco en mayo de 1930. Allí se proponía la limitación de la inmigración judía en la zona, prohibiendo además la compra de tierras por parte de éstos; esta política, sin embargo, fue rechazada por el gobierno británico.
El rechazo de este segundo Libro Blanco y la cada vez más importante inmigración judía en la zona generó un aumento del antisionismo árabe, provocando un levantamiento general convocado por el Comité Supremo Árabe, que duró desde 1936 hasta 1939. Estos casi tres años de rebelión sin frentes permanentes, fue llamada por los palestinos la Gran Revuelta. La misma consistió en el accionar fundamentalmente espontáneo de campesinos y sectores marginados de los centros urbanos, que tomó por sorpresa a la pequeña elite de dirigentes palestinos (sólo un 9% participaron, y menos de un 5% digirió acciones armadas o de guerrilla). El levantamiento, si bien fue precipitado por los desafíos y las inequidades surgidas producto del enclave judío en el Mandato, se presentó claramente antibritánico. La revuelta puso en serios aprietos a la administración británica, generando que la potencia mandataria desplegara un gran número de tropas en la zona (Kramer, 2008, p. 12). Debido a que los judíos apoyaban a la potencia mandataria, pasaron a ser contendientes del conflicto. El hecho que la revuelta árabe fuera dirigida ante todo contra los británicos, “(…) tal vez sea el mejor reflejo de la actitud de los árabes respecto de la presencia sionista en Palestina (…) Creían sinceramente que el yishuv se vendría abajo en cuanto se le negara el apoyo político de la potencia mandataria” (Ben Ami, 2006, p. 21).
En un primer y tentativo “alto el fuego”, empezó a redactarse el llamado Informe Peel, presidida por Lord Robert Peel, que se publicó en julio de 1937. “En el mismo se recomienda la partición de los territorios en una zona palestina y una israelí, ambas de extensión similar, parcheadas en forma de cantones para cada bando, y una faja central, bajo control de Londres que unirá Jerusalén con el puerto de Jaffa” (Bastenier, 1999, p. 68). El Congreso Sionista de ese año aceptó este Plan de partición; sin embargo, los árabes no llegaron a un acuerdo.
En noviembre de ese mismo año se publicó un nuevo informe británico, redactado por la Comisión Woodhead, que proponía la demarcación de las tres zonas en que debía dividirse Palestina, de las cuales dos terceras partes les pertenecerían a los árabes. En esta ocasión no sólo los árabes rechazaron el plan de partición, sino que también los sionistas se sumaron al repudio.
Por esos días, los ingleses renunciaron finalmente a la idea de partición y plantearon la convocatoria de una conferencia en Londres que duró hasta marzo del año siguiente. Los representantes británicos se reunieron por separado con los árabes y con los sionistas, y de ambas reuniones surgió un nuevo Libro Blanco denominado Mac Donald, en el que se planteó como solución la formación de un Estado en el que los dos pueblos, el árabe y el judío compartirían una autoridad, prescindiendo de esta forma del proyecto de partición. Además, establecía que, durante el período de transición hacia ese Estado binacional, el gobierno mandatario controlaría estrictamente la inmigración y las transferencias de tierras. De hecho, el gobierno británico redujo de manera drástica la inmigración judía en la zona y limitó la adquisición de tierras confiando en poder ganarse así la simpatía de los árabes. El objetivo de Londres ante el nuevo contexto mundial era, por un lado, no traicionar sus intereses sin que por ello se complicara la situación con la diáspora judía.
La Gran Revuelta hizo patente para todos los sectores que componían el movimiento sionista, que el conflicto entre dos naciones con objetivos diametralmente opuestos era de carácter irreconciliable. De hecho, esta revuelta es considerada por muchos como el preludio de la guerra declarada entre árabes y judíos por la propiedad exclusiva de Palestina. La brutal represión de los británicos condujo a la comunidad árabe al borde del colapso y la disolución, y de alguna manera creó las condiciones para la “catástrofe” árabe de 1948. Éstos debieron pagar muy alto precio por el desafío realizado a la metrópoli: se vieron despojados de sus líderes e instituciones representativas, y debieron ver como el principal líder del nacionalismo palestino, el Mufti[18] se viera obligado a huir del territorio.
El conflicto árabe-judío se mantuvo latente durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, cuyas consecuencias condicionaron en gran medida el desarrollo de la cuestión palestina.
La autora es Licenciada en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política y Doctora en Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA y docente de la UNLaM. Email: mersaborido@hotmail.com
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