Nota del Editor: tercero de una serie de artículos para entender el conflicto entre Israel y Palestina. Agradecemos a la autora por autorizar la publicación de su ensayo histórico en el blog noticioso Plena sin censura.
Dra. Mercedes Saborido
Universidad de Buenos Aires, Argentina
Si bien la guerra de 1914-18 fue de carácter europeo, tuvo consecuencias en el complejo mundo colonial: la importancia del Medio Oriente como fuente de aprovisionamiento de un elemento fundamental como el petróleo, pero también como vía de paso, hicieron inevitable que el conflicto llegara a esas tierras.
Los acontecimientos que generaron este enfrentamiento supusieron un quiebre en el mundo colonial, ya que sirvió entre otras cosas, para acelerar muchos procesos de afirmación nacional que se venían gestando. Como sostiene Grimal (1989) tanto el mensaje del discurso bolchevique como la declaración del presidente norteamericano Woodrow Wilson sobre la autodeterminación de los pueblos, fue el telón de fondo de las reivindicaciones particulares de las naciones que hasta ese entonces habían estado sometidas al control colonial. [10]
Con los territorios extra europeos se procedió de una manera particular, ya que los catorce puntos del Wilson sólo fueron aplicados a los territorios europeos. Contrariamente a las promesas británicas hechas a los pueblos árabes, los vencedores no consideraron “oportuno” la autodeterminación de esos pueblos y por medio de acuerdos establecieron un sistema de Mandatos. Este suponía una superación del antiguo sistema colonial y marcaba, al menos en la teoría, el camino para la independencia de la zona. Se establecieron tres tipos: por un lado los orientales, denominados A; en un segundo lugar los africanos llamados B, y en un tercer y último lugar los coloniales o C, que incluían las zonas de África sudoriental y territorios del Pacífico en poder alemán hasta la guerra. Si bien el territorio árabe no fue claramente objeto de apropiación por parte de las potencias, tampoco permitía el ejercicio pleno de sus derechos por parte de sus habitantes. Esta política fue tomada por ellos como una traición y dio lugar a un gran malestar en la zona, punto de partida del panarabismo. Asimismo, la limitación del poder del Califa de Constantinopla generó un fuerte movimiento de protesta en el interior del mundo islámico que se extendió más allá del mundo árabe.
En las conferencias de paz celebradas en Paris, no participaron ninguna de las naciones que aspiraban a su autodeterminación; por el contrario, Francia y Gran Bretaña ejercieron una poderosa tutela sobre los mandatos de tipo A y B, especialmente los territorios pertenecientes al vencido Imperio Otomano, considerados de importancia estratégica. Francia a cargo de los territorios de Siria y el Líbano, e Inglaterra para la Mesopotamia y Palestina incluidos los territorios de Jordania e Israel, se comprometieron ante la Sociedad de las Naciones, a determinar y asegurar las futuras vías para la independencia. Sin embargo, la vaguedad con la que se planteó el proceso emancipatorio dio lugar a una visible lentitud; sólo el territorio de Irak logró conseguir su independencia antes de 1945.
Al intervenir en la Gran Guerra como aliado de los alemanes, el Imperio Otomano quedó situado dentro el bando perdedor; por ello, a partir de 1916 Francia e Inglaterra a decidieron comenzar a concretar la repartición de las provincias árabes pertenecientes al imperio. Así fue que por medio de acuerdos secretos firmados por el cónsul general francés Charles Picot y el diputado británico sir Mark Sykes –los llamado acuerdos Sykes-Picot, luego revisados y reconfirmados por el acuerdo de Lausana 1923-, Gran Bretaña se apoderó del este de Irak con los protectorados de Omán, Bahréin y Kuwait, lo que indudablemente le permitió aumentar su presencia en el tan disputado Golfo Pérsico, clave por su posición estratégica en la ruta hacia la India. Además, acumuló influencia en el resto de Irak, el norte de la península Arábiga y Transjordania. Por su parte, Francia acaparó para sí el Líbano, Siria y el norte de Irak. Por último, Palestina quedó bajo control británico (Kraumer, 2008, p. 147)
Mientras todo esto se desarrollaba, en Siria, Irak, el Líbano y el reino de Nejdz y Herjaz (Península Arábiga), surgieron grupos que aspiraban a la formación de un gran Estado árabe independiente. En 1930 se concretó la independencia de Irak; Siria y el Líbano accedieron a una autonomía controlada en 1936, y Egipto en 1923 obtuvo la independencia formal. En la mayoría de los casos las potencias occidentales consintieron el acceso al poder de familias tradicionales que de alguna manera “juraron fidelidad” tanto a ingleses como franceses.
Por su parte, en noviembre de 1917 el ministro de Asuntos Exteriores Arthur James Balfour comunicó a los sionistas residentes en Londres que la corona británica contemplaba la posibilidad de establecer una patria nacional para el pueblo judío en territorio palestino.
La guerra constituyó un sensible freno para el avance del movimiento sionista y abrió un período difícil para la población judía residente en tierras de Israel (ishuv): de los 85.000 judíos colonos, luego de la contienda quedaron 56.000. Mucho tuvieron que abandonar esas tierras debido a las medidas adoptadas por el gobierno turco contra los judíos; otros, sin embargo, lograron soportar los malos tratos y se prepararon para luchar.
La rápida jugada realizada por el movimiento sionista británico y sus contactos con el gobierno hicieron posible ligar el futuro político del sionismo con los intereses británicos. Esta decisión fue fundamental porque fervientes activistas sionistas se encargaron de organizar brigadas probritánicas para luchar en la contienda[11]. Pero no fueron los esfuerzos realizados por los ishuv los que provocaron la buena voluntad británica con respecto a los intereses nacionalistas judíos; fueron factores de orden estratégico. En primer término, consideraron que apoyando al sionismo lograrían influir en el sionismo americano, provocando el ingreso de los Estados Unidos a la contienda. En segundo término, apostaron por ciertos acuerdos con los sionistas, ya que consideraban decisiva su ayuda para expulsar al Imperio Otomano de la zona. En tercer lugar, pensaban que al apoyar al sionismo y eliminar a los turcos, encontraban una justificación para el abandono del compromiso contraído con Francia en 1916 por medio de los acuerdos Sykes-Picot. Por último, consideraban que una parte del cuerpo de oficiales alemán y austríaco era judío[12]; de allí que intentaran persuadir a los oficiales de los ejércitos a desertar. Para ello lanzaron una masiva propaganda en yiddish sobre Alemania y Austria proclamando que los aliados estaban dando tierra de Israel al pueblo de Israel, y de esta forma la victoria aliada implicaría el retorno del pueblo judío.
Londres entró en contacto con la organización sionista, y más específicamente con su futuro presidente Chaim Weizmann, “el judío inglés”. Durante largos meses se establecieron negociaciones para poder redactar una declaración que implicara el claro apoyo del sionismo a la causa de la Entente a cambio del reconocimiento británico de la causa judía.
Luego de algunas tratativas, los británicos optaron por la famosa “Declaración Balfour”, en la que se establecía:
El gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y hará lo que esté en su mano para facilitar la realización de ese objetivo, haciendo constar, sin embargo, que no se hará nada que pueda causar perjuicio de los intereses civiles y religiosos de las comunidades no judías que moran en Palestina, o de los derechos y el estatuto político del que gocen los judíos en cualquier otro país.[13]
No hay duda de que esta declaración constituyó un triunfo importantísimo para el movimiento sionista; sin embargo, su trascendencia en el ámbito mundial fue relativa. De hecho, no fue la “Declaración Balfour” la que allanó el camino para la creación de Israel ya que, como veremos, fueron los ingleses los que luego intentaron obstaculizar el camino hacia la conformación del Estado judío.
Paralelamente a las negociaciones con los sionistas, los ingleses desarrollaron un intercambio entre el representante británico en Egipto, Henry MacMahon y Al -Hussein, el guardián de La Meca. El documento resultante fue la carta del 24 de octubre de 1916 en la que el Alto Comisariado prometía la creación de un reino árabe independiente de casi toda la extensión asiática del Imperio otomano, a cambio de la ayuda militar en la guerra[14]; aunque, vale aclarar, sometido a una conexión institucional con Gran Bretaña. En un principio, las tierras de Palestina parecían encontrarse dentro del territorio ofrecido por los ingleses a Hussein, aunque en la carta, al mencionar a Jerusalén, se hablaba de garantizar la inviolabilidad internacional, lo que pareciera aludir a algún tipo de acuerdo, pero sin quedar del todo claro.
La rebelión de Hussein, estalló en junio de 1916 en el Hedjaz, costa occidental de la Península Arábiga. El objetivo era debilitar el dominio del Imperio turco sometido desde hacía dos años a fuertes enfrentamiento con los países de la Entente. Estos episodios de guerra en el desierto provocados por los árabes –entre los que destacan los hijos de Hussein, Faisal y Abdulah- con ayuda de los británicos y la intervención de Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia[15], provocaron el debilitamiento del Imperio Otomano en tierras asiáticas. La revuelta evolucionó de forma positiva para los árabes, lo que permitió que, en octubre de 1918, Faisal lograra instalarse en Damasco –capital del reino que él creía prometido- y se proclamara Rey de los Árabes. Los límites geográficos de este reino no estaban del todo claros, pero, sin duda no incluían el Líbano y Palestina, debido a que el primer territorio fue entregado a Francia y el segundo a Gran Bretaña. Finalmente, el devastado Imperio Otomano firmó el armisticio de Mudros, el 30 de octubre de 1918, y el consiguiente tratado de paz de Sèvres en 1920, en el que el territorio turco quedaba confinado al corazón mismo de Anatolia. El resto de la Turquía asiática fue ocupado por los aliados.
La autora es Licenciada en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política y Doctora en Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA y docente de la UNLaM. Email: mersaborido@hotmail.com
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