Nota del Editor: Primero de una serie de artículos para entender el conflicto entre Israel y Palestina. Prensa sin censura agradece a la autora por autorizar la publicación de su ensayo histórico en su blog noticioso.
Dra. Mercedes Saborido
Universidad de Buenos Aires, Argentina
A finales del siglo XVIII, el auge de las tendencias seculares producto del Iluminismo en Europa, provocaron un cambio sustancial en la vida cotidiana de los judíos. La forma de vivir de esta comunidad había girado hasta ese entonces en torno a los preceptos religiosos, pero con el cambio cultural y social provocado por las “nuevas ideas” y el culto al progreso, se abrieron nuevas y variadas posibilidades, desconocidas hasta ese entonces. Debido a ello, algunos judíos comenzaron a aplicar su talento en variadas disciplinas como la filosofía o la literatura y lograron, en algunos sectores selectos de la intelectualidad, una integración/asimilación casi perfecta con el mundo occidental.
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, importantes sectores del judaísmo se transformaron en la avanzada de las ideas más progresistas y revolucionarias de la sociedad, asumiendo una posición política liberal antifeudal, y con el tiempo marxista y anticapitalista. Su rechazo creciente al tradicionalismo, establecido entre otros por su propia religión, los llevó a elaborar teorías destinadas cambiar en profundidad el orden establecido: “Rechazando una ortodoxia que encuentran, apolillada, rutinaria y fósil, promueven un judaísmo edulcorado y cada vez menos judío (…)” (Culla, 2005, p. 19)
El Iluminismo judío, denominado habitualmente Haskalá[1], fue el que dio un giro al pensamiento judío tradicional. Aunque sus raíces encuentran en la Ilustración europea, las condiciones y problemas específicos de la cuestión judía le imprimieron un carácter distintivo. En su etapa inicial fue un movimiento de la clase media; sus metas culturales, así como sus réditos inmediatos, sólo podían ser compartidos por un número limitado de judíos educados. Las masas, en su mayoría, permanecieron alejadas y, más aún, se mostraron hostiles a la idea de asimilarse culturalmente ya que esto podría traer como consecuencia la apostasía. Para gran parte de la población, que era tradicional u ortodoxa, el iluminismo judío fue percibido como una amenaza a sus valores, como un desvío. Sus seguidores, llamados maskilim, atacaron el oscurantismo y la superstición de los rabinos y su abuso de poder, propugnando en contraposición valores seculares y la suplantación de la educación tradicional por escuelas modernas.
La Haskalá tuvo su origen en la ciudad de Berlín como un programa de un pequeño grupo de judíos guiado por Moisés Mendelssohn (1729-1786), con la idea de familiarizarlos e interiorizarlos con la cultura europea en general y con la alemana en particular, para que estos grupos lograran integrarse en las sociedades en las que residían de forma efectiva.[2]
El espíritu iluminista secular cautivó fundamentalmente a las clases medias/altas de la sociedad judía que, apoyando la progresiva aparición de los principios liberales y democráticos, allanaron el camino para la futura consecución de la igualdad civil de derechos de la comunidad judía en los diversos países, especialmente en Europa occidental. La consecución de esa tan anhelada igualdad de algún modo permitió la rápida erosión de los moldes tradicionales que estructuraban el comportamiento de la comunidad judía, dejando las cuestiones meramente religiosas para el ámbito privado.
Sin embargo, y pese al intento de incorporación, asimilación y trasformación política-jurídica por parte de los países europeos de la comunidad judía consecuencia de la Revolución francesa, el movimiento iluminista secular y emancipatorio fracasó; el incremento del antisemitismo durante el siglo XIX, con sus flamantes dimensiones racistas y políticas dejó entrever que el problema judío no era sólo una cuestión jurídica y política. Asimismo, es importante aclarar que la mayor parte del judaísmo europeo, radicado en la zona de Europa oriental, ni siquiera disfrutó durante esa época los efímeros beneficios de la “emancipación”.
Como explican Ben Ami y Medin, las causas del antisemitismo son sumamente complejas pero se podría considerar una de las principales, los elementos mitológicos y atávicos propios de la herencia cultural de Europa (Ben Ami, Medin, 1991, p. 23). De allí que, según los autores, el problema judío no haya tenido una solución duradera.
El sionismo es el movimiento nacionalista del pueblo judío, que plantea como objetivo el regreso de los judíos del mundo a la tierra de Israel, su patria originaria, para constituir una entidad política independiente, un Estado-nación. Toma su nombre de Sion, la colina de la parte nordeste de Jerusalén sobre la que antiguamente se construyó la ciudad y en los que se encontraba el templo de Salomón.
Según Yosef Gorny (1987) y las subsiguientes interpretaciones sobre éste de Norman G. Finkelstein (2003, p. 62), en las bases del sionismo “moderno”, se dio lo que denominan un “consenso ideológico”, que abarcaba las diferentes variantes del pensamiento sionista de ese entonces. Las tres tendencias que coexistían en ese consenso eran: un sionismo cultural o místico, un sionismopolítico-nacionalista y uno de corte laborista. Estas vertientes de pensamiento coincidían en un punto fundamental que les permitía plantear la posibilidad de consenso: la necesidad de alcanzar una mayoría numérica de judíos en territorios palestinos.
Los orígenes del pensamiento sionista se encuentran en el comúnmente denominado sionismo místico, hundido en las profundidades mismas del judaísmo y de la conciencia colectiva del pueblo judío. Desde esta perspectiva, el judaísmo es visto como la religión nacional del pueblo judío, que ha perdido su independencia hace miles de años, edificando en cambio una patria de tipo espiritual. Esta vertiente fue la respuesta directa a los ataques antisemitas en Europa, y a aquellos grupos que bregaban por las ideas asimilacionistas.
La concepción cultural o mística, “(…) quería resolver no el problema de los judíos sino el problema del judaísmo en el mundo moderno. En su opinión, la supervivencia del judaísmo y del pueblo judío estaba amenazada no tanto por el antisemitismo como por la civilización cada vez más laica que los hacía anacrónicos” (Ídem, p. 63).
En este sentido, su preocupación no era el posible rechazo al nuevo mundo sino la seducción que podía ejercer éste en la comunidad judía. Por eso se consideraba urgente la adaptación de la religión al mundo contemporáneo, pero sin perder su sello distintivo y milenario. Obtener un territorio donde agrupar al pueblo judío en diáspora, un centro espiritual que funcionara como una fuerza aglutinante era fundamental para su estrategia; de allí que fuera imprescindible la mayoría numérica de judíos dentro del nuevo Estado. Era la condición necesaria y suficiente para construir un Estado de judíos, que posibilitaría el “nacimiento espiritual de la nación judía”( ibidem).
Por su parte, el sionismo de tipo político y nacionalista, que aspiraba a la creación de un Estado-nación judío en el territorio de Palestina. El sionismo se fundamentará entonces en “la normalización de la vida de la comunidad judía y la afirmación de una personalidad judía, la reivindicación de la dignidad y de la identidad, el despertar cultural y la realización de los valores propios” (Martínez Carreras, 1992, p. 29). Como respuesta a la tradición de la Revolución Francesa, pensaba la cuestión judía en clave nacionalista. De acuerdo con las corrientes nacionalistas que adquirieron fuerza a mediados y fines del siglo XIX, existían lazos que vinculaban de manera natural a determinados individuos y excluía a otros; era por eso que cada comunidad orgánicamente organizada debía dotarse de un Estado independiente; un Estado común para un pueblo común; un pueblo común para un Estado común. Así, no pretendía luchar con el cada vez más virulento y conservador antisemitismo, sino que buscaba con esta fórmula política alcanzar una “sana” convivencia con el enemigo, creando así un Estado que les perteneciera en su totalidad. Era por eso que debían llegar a ser mayoría numérica, porque en caso contrario se repetirían las negativas experiencias del pasado.
Por último, la vertiente laborista consideraba el problema judío como consecuencia “no sólo de la carencia de un Estado, sino de la estructura de clase de la nación judía, que se había descompensado y deformado en el transcurso de su larga dispersión” (Finkelstein, 2003, p. 61), provocando un exceso de clase media y pequeños propietarios y una escasa cantidad de trabajadores. El objetivo de esta concepción era la creación de un Estado “sano” que se encargara de la reconstrucción de la clase obrera judía. “Dado que los intereses de esa clase exigían un Estado socialista, esa era la única solución verdadera para el problema judío” (Ibidem). La necesidad de una mayoría numérica se debía en este caso a las mismas razones que utilizaba el sionismo político: para poder decidir el futuro de la comunidad.
La adhesión de cada una de estas concepciones a la creación de un Estado judío para la nación judía “se expresó de forma concreta y sin ambigüedades en su insistencia en que ese futuro Estado concedería un status privilegiado a los judíos de la diáspora” (Ídem, p. 64). Sin embargo, tanto el sionismo político como el sionismo laborista con esa afirmación no descartaban la existencia de una minoría árabe que sería respetada en todos sus derechos tanto civiles como políticos, lo que por muchos fue denominado como un Estado binacional. Simplemente se pretendía establecer que la cara visible del Estado de Israel iba a ser la comunidad judía, como se daba incluso en muchos casos de Estados contemporáneos.
El sionismo siempre defendió el derecho histórico que tenían los judíos de volver a la tierra prometida, lo que se denominó “derecho de retorno”[3]. Este derecho prioritario a establecer un Estado judío en tierras palestinas se basaba, supuestamente, en la presencia primigenia del pueblo judío en esa tierra. Su justificación, además de política -como vimos con anterioridad en la explicación de nación o comunidad orgánica- era de carácter topográfico, ya que consideraba que la solución para el problema judío era “el asentamiento de los judíos en su patria histórica y el candidato obvio para tal patria era por supuesto Palestina (Tierra de Israel), con sus variadas resonancias para el pueblo judío” (Ídem, p. 68). El hecho de presentar esta tierra como patria histórica tenía dos consecuencias directas: la primera era que en el mundo había un pueblo sin un Estado –aunque había muchas comunidades en la misma situación-, residiendo por lo tanto en un Estado (o varios) ajeno a él; por esa razón se enfrentaba a los claros problemas de asimilación y de rechazo –el antisemitismo-. La segunda consecuencia era que esta patria de carácter histórico con derechos inalienables dejaba en segundo plano a los árabes residentes en esos territorios desde siglos antes. Según esta teoría, los árabes autóctonos palestinos, a diferencia de los judíos, no eran una comunidad separada con características propias –como sí lo eran los judíos residentes allí-, con un pasado en común y un futuro por delante, sino que, por el contrario, pertenecían a una nación superior –la nación árabe sin estado- en la que las tierras palestinas propiamente dichas no tenían ningún significado específico. Este argumento justificaba el derecho de congregar a todos los judíos del mundo en sus tierras, las tierras de Palestina, para poder conformar un Estado-nación de carácter predominantemente judío, en el cual sin duda estaba permitido el asentamiento de otras comunidades, las cuales tendrías los mismos derechos que los judíos, pero solamente constituirían una minoría.
A partir de 1881 la historia de los judíos dio un giro copernicano, y ello en buena medida se debió a un renacimiento del antisemitismo en países como Rusia, Alemania, Francia y Austria. Los pogromos[4]realizados en Rusia en ese año, luego del asesinato del zar reformista Alejandro II el 13 de marzo y la ascensión al trono de Alejandro III, marcaron el comienzo de un acoso que se prolongó por más de tres años. Las leyes de marzo de 1882 significaron la separación de los judíos de sus tierras y la limitación clara de sus derechos. Pero el antisemitismo fue de vasto alcance: la Okrana, policía política imperial, creó en 1903 el grupo terrorista llamado “Centuria Negra”[5] que se dedicó a organizar salvajes matanzas contra la población judía bajo el lema “Golpea al Judío y salva a Rusia”.
El flujo migratorio producto de las persecuciones muestra cifras espectaculares: entre 1881 y 1914 alrededor de 3 millones de judíos abandonaron Europa Oriental para buscar una mejor vida. Del total de los emigrados, las dos terceras partes tuvieron como destino Estados Unidos, mientras que el tercio restante buscó opciones variadas, como la Argentina, Australia y Canadá, entre otros.
Luego de los trágicos acontecimientos de 1881 –las persecuciones en el sur de Rusia conocidas como “las tormentas del sur”- comenzaron a surgir en el seno de la sociedad judía organizaciones nacionalistas de jóvenes que abogaban por la unificación de la comunidad judía en su propia patria, la tierra de Israel. Dentro de estos intentos de formular una ideología nacional sionista fue fundamental el ensayo de Iehuda Leib Pinsker (1821-1891) titulado “Autoemancipación”. En ese escrito, el autor –uno de los principales ideólogos de la “cuestión judía”- considera como base del problema el hecho de que la dispersión por el mundo se tradujo en la existencia de una minoría incomprendida situada en medio de distintos pueblos. La solución era entonces la autoliberación de los judíos en su propia patria dejando de peregrinar por todo el mundo. Es importante aclarar que Pinsker no pensó exclusivamente en la tierra de Palestina: debido a la terrible situación de los judíos en Europa oriental, era preciso encontrar una solución inmediata; de allí propuestas como la instalarse en Uganda.
En la fase de gestación del movimiento sionista tuvo también suma importancia la figura de Nathan Birnbaum (1864-1937), considerado por muchos como el primer expositor de las ideas culturales del sionismo a partir de sus escritos en un periódico judío de Viena, Selbstemanzipation (Autoemancipación), en el que expuso que el movimiento nacional judío debía llegar a ser una fuerza política y hacer reconocer los derechos del pueblo judío en Palestina.
Más allá de los aportes de los teóricos citados, Theodore Herzl (1860-1904) –periodista austriaco judío- es considerado como el auténtico organizador del movimiento sionista. Este prestigioso periodista, perfectamente asimilado a las costumbres y usanzas de su país natal, fue testigo presencial del famoso caso de Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés de origen judío, acusado de espionaje y alta traición a Francia en favor de los intereses alemanes[6]. Esta falsa acusación conmocionó a una parte importante de la sociedad francesa y Herzl pudo observar las manifestaciones callejeras del pueblo convulsionado por los acontecimientos, mostrando un antisemitismo irracional. Ante estos hechos, Herzl comprendió la necesidad de resolver la cuestión judía, planteando esa solución en su famoso libro llamado “El Estado Judío” (Herzl,1895). Si bien es considerado padre del movimiento sionista, en sus comienzos Herzl no fijaba exclusivamente su vista en Palestina y en el monte Sión: “Que se nos otorgue la soberanía sobre una parte del planeta lo bastante grande para satisfacer las justas exigencias de una nación; lo demás lo haremos por nosotros mismos” (Idem, p. 71).
Incluso entre sus planes se encontraba la posibilidad de adquirir tierras en la Patagonia argentina, en el territorio de Uganda -que por ese entonces era parte del Imperio británico- o en Kenia. donde los británicos en 1903 le ofrecieron al movimiento sionista más de 10.000 Kms cuadrados. Su sionismo fue manifiestamente político, ya que las formas que planteaba para la consecución de sus objetivos eran políticas y diplomáticas. Consideraba el problema judío como un problema a escala internacional, y por lo tanto sostenía que la solución a esta crisis sólo podía alcanzarse por medio de acuerdos diplomáticos con los grandes dirigentes políticos mundiales, como el emperador alemán y el sultán turco, con el objetivo último de lograr una posible legitimación de la inmigración judía en las tierras palestinas manifestándose contrario a las posiciones que hablaban de infiltración y colonización sin ningún tipo de garantías:
Si Su Majestad el Sultán nos concediese Palestina, nosotros podríamos comprometernos a poner completo orden en las finanzas turcas. En favor de Europa, construiríamos allí una parte de la fortificación que la defendería de Asia, haríamos de avanzada de la cultura frente a la barbarie (Herzl, 2005, p. 73).
Herzl optaba por esta estrategia, firmemente apoyada por una gran parte del movimiento sionista, porque estaba convencido de que los indígenas árabes residentes en tierras palestinas desde hacía muchas generaciones no iban a estar de acuerdo con la inmigración en masa de judíos, por lo que era imprescindible una legitimación internacional para lograr los objetivos deseados. El aporte principal de Herzl a la causa judía fue la idea de la fundación de un Estado para el pueblo judío; su trabajo fue la expresión en términos políticos –la formación de una entidad estatal moderna- del deseo místico de la comunidad judía en diáspora. Su ímpetu y fuerza de voluntad animaron a un movimiento nacionalista cada vez más estructurado y abocado a la conformación de un Estado judío en las tierras de Palestina.
Entre el 29 y el 31 de agosto de 1897 logró convocarse el primer Congreso Sionista Mundial en Basilea (Suiza), cuyo principal objetivo era la unificación de de todas las organizaciones sionistas del mundo[7]. A este primer Congreso asistieron 200 delegados de países de todo el mundo y de él surgió lo que para muchos fue el texto fundador del movimiento sionista, en el que se establecía como patria para el pueblo judío la tierra de Israel (De Langhe, 2003, p. 62).
En el primer Congreso se creó la Organización Sionista Mundial, encargada de agrupar a todas las instituciones que en cualquier lado del mundo –sea la misma Palestina o cualquier otro sitio- apoyaran la creación del Estado judío. La organización se encargó de convocar a los sucesivos congresos mundiales: tanto el II (1898) como el III (1899) tuvieron lugar en Viena. Lo destacable del II Congreso fue, a pesar de la insistente negativa de Herzl, la decisión explícita de estimular la colonización en territorio palestino aunque no fueran establecidos acuerdos diplomáticos ni garantías políticas. El IV Congreso (1900) fue convocado en Londres y el V (1901) nuevamente en Viena. En este último se organizó la Banca Nacional Judía y “se adoptó el principio de rescate sistemático de la tierra en Palestina con la creación del Keren Kayemeth LeIsrael”, o Fondo Agrario Nacional.
En 1903, se celebró el VI Congreso Sionista donde nuevamente se planteó como una posibilidad el establecimiento del Estado Judío en el territorio de Uganda. Este supuesto cambio de planes de debió fundamentalmente a la necesidad de salvar a los judíos rusos que estaban siendo exterminado por los pogroms que tuvieron lugar en Kisinev (1903), una de las peores matanzas perpetradas por las “Centurias Negras”, donde murieron 45 judíos, muchos quedaron heridos y cientos de ellos fueron expropiados. Sin embargo, este plan fue rechazado por la mayoría del movimiento considerando como única opción para el asentamiento judío la tierra de Palestina: no hay sionismo sin Sion.
En 1904 muere Herzl, y si bien hubo una crisis interna entre posible sucesores del carismático padre del movimiento –los candidatos eran Willard I. Zangwill, considerado pro-occidental y Chaim Weizmann, representante del judaísmo ruso- para el VII Congreso convocado nuevamente en Basilea (1905), esta crisis fue superada estableciéndose por un lado que el líder del movimiento era Weizmann, y además que el principio fundamental del movimiento era la formación de un Estado Judío en tierras palestinas.[8]
Paralelamente a la colonización sionista comenzaron a fundarse colonias obreras. En 1908 aparecen las primeras aldeas cooperativas llamadas mochavin, pero luego de dos años de preparación en 1910 se funda en Um Junieh Degania el primer kibutz. Según Weinstock, la búsqueda de vías alternativas y originales de colonización obrera se debió a las experiencias desdichadas pasadas en las que las granjas sionistas habían sido dirigidas por un jefe, situación que provocó reiteradas huelgas.
Al llegar a la Primera Guerra Mundial, el sionismo era la clara expresión del nacionalismo judío, y a pesar de algunas diferencias internas estaba fuertemente estructurado y organizado.
La autora es Licenciada en Ciencia Política (UBA), Magíster en Ciencia Política y Doctora en Historia Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid. Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA y docente de la UNLaM. Email: mersaborido@hotmail.com
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