Reseña
JAIME TORRES TORRES
Periodista y Editor
PRENSA SIN CENSURA
La Fe de la Mujer Loiceña, con su identidad y sensibilidad, ha rendido culto por generaciones, con nobleza y sencillez, a Santiago Apóstol, el Santo de las Mujeres, los Niños y el de los Hombres.
La producción “Santiago de las Mujeres”, de la cineasta Rosamary Berríos, con música de su hermano, el experimentado Roig Berríos, entra a su tercera semana de exhibición en Fine Arts en Miramar y, ahora que se avecinan las tradicionales fiestas en honor del santo, es un filme obligado para comprender que, más allá de los espectáculos artísticos de cada programación anual, la esencia del evento cultural-religioso radica en la devoción de la gente, particularmente de las mujeres.
De ritmo ágil, colorida fotografía y música apabullante, que se nutre de elementos del folclor afroloiceño, “Santiago de las Mujeres” devela la riqueza de la tradición desde las memorias de las señoras Hilda Juana Pizarro, Daisy Tapia, María del Pilar Tapia, Ana Silvia Fuentes, Rosa Julia Calcaño, Dalia Pizarro, Raquel Ayala y Priscila Osorio, quienes explican las particularidades del culto a Santiaguito, Santa Ana y Santiago.
Con subtítulos simultáneos en inglés, la historia fluye con naturalidad, con una edición meticulosa que captura la atención de cada espectador que, inevitablemente, se siente como si participara imaginaria y espiritualmente de la procesión que en distintas fechas durante el mes de julio recorre las Medianías, gracias a los mantenedores o coordinadores de la novena de rezos, la ornamentación de las imágenes del Santo y la divulgación de la tradición de su aparición en un árbol de corcho.
El discurso de “Santiago de las Mujeres” se hace eco de una paradoja muy particular: la riqueza de la pobreza. Las protagonistas no necesitan mucho para ser felices. Es como si el mismo Santo las animara en sus faenas y fatigas cotidianas.
El documental fílmico, de indiscutible trascendencia cultural e histórica, presenta al mundo otro perfil de Loíza y documenta para la posteridad el bagaje religioso que, al margen de la liturgia católica y la incomprensión eclesial de su hermoso sincretismo, es digno de la atención de los loiceños presentes y ausentes.
Más allá de la algarabía del vejigante, el caballero y las locas, incluso mucho más allá del baile del seis corrido, “Santiago de las Mujeres” es el testamento del estoicismo de la Loiceñidad, muy bien vivida y modelada por la mujer de este apasionante y misterioso pueblo costero.

