Nota del Editor: segundo de varios contenidos gracias a la cortesía del Proyecto Currículo Hostosiano

Plaza del Carmen 1 y 2 (Madrid), 23 de Sept. 1866, media noche.
¿Es tiempo todavía para ser hombre? Lo veremos. Recurramos a los veintisiete años al mismo remedio que me salvó a los diecinueve. Moderemos la imaginación dirigiendo cada noche o cada mañana una mirada atenta al fondo de este caos que va conmigo; ejercitemos otra vez la reflexión; moralicémonos. Los años corren, las esperanzas pasan; la fuerza primitiva desfallece. Rehagámonos. Si la voluntad no renace, hombre al agua, inteligencia a las sombras, ¡espíritu al vacío!
Del mismo modo que este breve trabajo de un momento ha calmado ya la neuralgia, debe calmar, quiero que calme dolores más intensos, la ordenada ocupación de lo que tengo de racional en lo que tengo de oscuro.
Si tengo constancia, este trabajo completará el de mi inteligencia y lograré ser hombre completo. Venceré a la apatía que está venciéndome y sumando fuerzas nuevas a las antiguas que el desuso ha ido inutilizando, llegaré a lo que busco.
Desde mañana (¿por qué no desde hoy?; la vela se va acabando y la voluntad no tiene pabilo); desde mañana, mirada retrospectiva; examen del presente, incursión al porvenir. Sea esto lo que, en 1858, examen de conciencia para reerguir el sentimiento; monografía de mi inteligencia para fortalecerla, y estímulo de la voluntad para formarla.
Septiembre 24, 12h noche.
Porque la reflexión y la experiencia están diciéndome que el hábito es al alma lo que el movimiento al cuerpo, por eso me empeño en adquirir el de examinarme diariamente y por eso escribo hoy, pues ya estaba diciéndome la imaginación que no hay fruto en lo pequeño, y nada grande le doy para exaltarla.
Nada grande: leer sin atención, aunque con esfuerzo, resolver mi ida al campo, pensar en los efectos contrarios a los que me propongo que allí puedo encontrar; contener tres veces a la soñadora, compelerme a vencerla por medio de una lectura provechosa (La Mélancolie, de Colin), despertar con este libro el recuerdo de ideas que había yo concebido sobre la materia que trata, ése ha sido mi día. ¿Puede satisfacerme? No, si lo comparo con mi ideal, sobra de los sueños del pasado, que ni aun la impotencia de mi apatía puede ahuyentar; sí, de compararlo con estos días vacíos de reflexión, llenos de deseos confusos, de vahídos cerebrales, de torpes excitaciones de la fantasía.
Cuando ésta predomina hasta el punto de causar espanto es principio de triunfo el combatirla: tal vez por eso me siento satisfecho. ¡Cuánto pudiera estarlo si, sometiéndola, y combatiéndola con las generosas aspiraciones de mi entendimiento y con las santas propensiones de mi voluntad, la convirtiera de fuego que me queme, en luz que me alegrara! ¡Oh ideal, oh armonía de las tres
potencias!
¿Será porque es irrealizable el ideal, será porque es imposible la armonía que busco, por lo que nada hago, nada pienso, nada siento; por lo que me muero de descontento de mí mismo y soy impotente para todo?
Un temor que me liga, fruto tal vez del desarreglo de mi espíritu, el temor de que sigan cansándose mis ojos, me impide analizar hoy, como deseo, lo que hay de permanente y utilizable en mí, y averiguar por deducción si hay desacuerdo entre mi ideal y mis fuerzas, si éstas son débiles para llegar a aquél; si estoy descaminado; si debo, desligándome de errores y prejuicios, volver a mi punto de partida. Pero pese al temor, y con la venia de la oftalmía que vislumbro, puedo decir honradamente lo que busco para poder mañana decirme lo que puedo hacer. Hasta 1863 quería gloria, y nació La Peregrinación de Bayoán.
Aquella era la fábula de una volición latente, y la crisis que produjo empezó a elaborarse: quise patria, y como medio, aspiré a la política; submedio de este fin secundario fue el desenvolvimiento intelectual, y luchando contra mi inverosímil indolencia, intenté dar toda su fuerza a la razón. ¿Qué he conseguido? Trataré de averiguarlo.
Septiembre 25, 12h noche.
Casi todo mi pensamiento lo he dedicado a hacer realizables mis deseos de adquirir el diploma de abogado. ¿De cuándo acá ese deseo y por qué con tal constancia? Ese es el fondo de mi historia, y narrándome la pasada, al paso que el cumplimiento de lo que anoche me prometí, daré contestación satisfactoria a la pregunta que de común acuerdo me hacen el temor de no realizar lo que deseo y el incansable remordimiento que me hiere siempre que pienso en lo anormalmente que me he desarrollado, acaso no por otra razón, que por haber desdeñado el punto de apoyo que dan una carrera científica y la posición social que la acompaña.
La vocación literaria; el orgullo y la timidez que han formado mi carácter; la falta de emulación; mi rebeldía contra todo formalismo, fueron las causas determinantes del abandono intelectual en que he vivido. En silencio, a solas, sin consultas, sin consejos, sin orden, sin método he educado mi inteligencia, y acaso la hubiera hecho deslumbradora si hubiera seguido cultivándola en la sombra; pero metódica, regularmente, en academias, con profesores, libros, plan, horas y condiciones obligatorias, nada hice, nada supe, nada quise hacer, y a pesar de mí mismo, y luchando con mi amor propio, vencido por él, abandoné el camino más recto y más seguro. El descenso a la vida real; el abandono forzado del mundo de sueños que habitaba; mejor conocimiento de los hombres, de la vida y de mí mismo; la realización de mi ser; el cumplimiento
de mis deberes de ciudadano, de hijo, me aconsejan la adquisición de un punto de apoyo, y eso es lo que busco. Por hoy, el derecho, las dilataciones de la conciencia social, que encierra en germen, son puntos de vista que columbro, no metas a que me dirijo. Si logro ser abogado y las decepciones políticas y las necesidades de familia me obligan a ejercer esa profesión, ¿seré indiferente a la grandeza incitante que hace de ella un difícil ministerio o la convertiré en sacerdocio de mi vida? No lo sé; por hoy, confiésome que lo que busco es un arma. Sea lo que fuere, puesto que lo busco, no desmayo hasta encontrarlo. Yo no seré lo que puedo ser hasta que el hecho, el acto, la resolución y la determinación sean simultáneos y coincidentes: me es, pues, forzoso ser todo lo que quiero ser para ser hombre completo.
Septiembre 26, 12h noche.
Ahora, en el mismo momento de empezar a cumplir con la útil obligación de confesarme, ha llenado mi mente y lastimado mi corazón un pensamiento: Si yo hubiera desarrollado mi espíritu como he debido hacerlo, en vez de un examen de conciencia, me pondría a hacer una recapitulación de mi trabajo moral e intelectual del día, acaso el esbozo de un libro o el bosquejo de una idea. Me lo he dicho, y lo he sentido tan adentro que a punto de olvidar a la maestra experiencia desecharía desde ahora por inútil el trabajo, si más indócil de lo que soy a los ásperos consejos de la maestra de mi vida desoyera el que tantas veces me ha dado al verme desmayar: «Trabajo es fuerza: la hormiga es más poderosa que la avispa». Trabajar es fortalecerse, vengo de experimentarlo. Aunque no tan convenientemente como puedo, como debo y como quiero, he ordenado mis días de tal modo que la inteligencia se ocupe en las primeras y en las horas de vigilia. Resultado inmediato, tranquilidad de espíritu, sosiego de la inquieta imaginación. Esta noche el efecto ha sido más vivo, y al dejar el libro que leía, me he sentido fuerte. ¡Ah, yo podría serlo!; hay dentro de mí lo necesario.
Y, sin embargo, hoy mismo me he sorprendido y avergonzado de una debilidad intelectual. Y es cosa rara que incurra en ellas tanto más neciamente cuanto más necia es la causa personal externa. Un amigo, buen hombre, inteligencia pobre, voluntad de mimbre, me invitó a visitar un templo; acepté y entramos: la voz amiga del órgano pagó mi complacencia, y me senté en un escaño dispuesto a entregarme a los sanos desvaríos que aún no he logrado convertir en meditaciones. En el altar mayor brillaron cien antorchas, se levantó el velo del Sagrario, y se prosternó la concurrencia. Mi amigo se prosternó: yo seguí sentado, y no hubiera comprendido que procedía mal sin el
escándalo que manifestó mi acompañante. Yo, para demostrarle la inocencia de aquel proceder escandaloso, le puse las manos sobre la cabeza y le dije: «Dios bendiga en Ud. a los que creen». Y esto que era para mí expresión tranquila de un deseo, fue para él reincidencia voluntaria en el escándalo, y lo dijo: yo, necio más necio que él, fui entonces irrespetuoso e irreverente por reflexión, por asustar, por admirar al pobre diablo. Me castigó él muy justamente. Al salir del templo por justificar su laudable conducta, acriminó la mía, exactamente con los mismos argumentos que más de una vez me he presentado para hacer abstracción de mi indiferencia religiosa y respetar a los hombres respetando sus creencias.
Septiembre 28, 111⁄2h noche.
A medida que se aproxima el día de mi proyectada partida al campo, vacilo. Hago bien. Voy a buscar en él lo que sólo en mí mismo debo hallar, y es justa la desconfianza. No hay soledad más favorable que la de nuestra voluntad cuando sabe perseverar en un deseo, ni silencio más absoluto que el que hace en nosotros el lento germinar de las ideas. Por favorable, pues, que sea el resultado de mi reclusión en el campo y por risueñas que sean mis esperanzas, debo estar descontento del recurso a que apelo para obligarme a hacer lo que hace mucho tiempo debiera hacer sin ningún estímulo exterior. Pero, al fin, es un paso: amigo de lo mejor, nunca he sabido hacer lo bueno: aprendamos a
hacerlo modesta y resignadamente, aspirando siempre a lo más difícil y acercándonos al ideal. Lo que voy a intentar es peligroso: en vez del estímulo que del aislamiento espero, puede sorprenderme el tedio, y entonces… Lo aceptaré como castigo de la debilidad en que incurro al solicitar medios indirectos para hacer una cosa que debiera serme habitual, y el tedio me servirá de aguijón: lucharemos.
Septiembre 29, 111⁄4h noche.
Vivos dolores en los ojos, a consecuencia de larga permanencia y de lecturas cerca de la luz del gas; temores de que la vista empiece a padecer; indagación de las causas primeras de estos efectos desagradables; tales son las sensaciones y las ideas con que me retiro. No estoy satisfecho de mi día: no he hecho otra cosa que luchar con el sueño que pertinazmente y por primera vez en mi vida me domina en esta estación. Sigo pensando en mi ida al campo. He arreglado mis horas. Me levantaré a las seis de la mañana: haré ejercicio corporal hasta las siete: desde esta hora hasta las diez, estudiaré derecho romano: dedicaré la hora siguiente a las necesidades de la vida orgánica: volveré al estudio, desde las once hasta las tres: me ocupará el derecho civil; satisfecho el estómago en la hora siguiente, volveré a pasear por el campo, hasta las seis; me retiraré y desde esa hora hasta la de acostarme, leeré historia: universal, de España, de Roma, del derecho romano, de la legislación española: escribiré dos palabras en mi Diario… ¡Qué enfermedad es la falta de voluntad! ¡Estoy temblando de miedo de no realizar mi propósito!
¡Y con sólo el auxilio de la voluntad, podría hacer tanto en un mes de silencio y de retiro! No sólo me prepararía para el estudio concienzudo del derecho, sino que prepararía dos trabajos literarios, cuya primera idea vaga por mi fantasía. Si a pesar de llevar cerrados los ojos no siguiera yo en mi desenvolvimiento, al ver que la causa ocasional del miedo que tengo al campo es la soledad, la misma que antes me llamaba a él, creería que he descendido mucho; pero no puede ser descenso el triunfo de la razón; ella ha triunfado al ponerme en comercio con los hombres, y si temo alejarme de ellos y temo la soledad, y me espanta el fastidio, es porque tal vez, y sin tal vez, la crisis psicológica que comenzó con mi vida de relación en 1864 aún no está terminada.
¡El estudio, el estudio! Esa es mi salvación, porque es el enfrenamiento de la fantasía; la perseverancia de la voluntad en un propósito; la tranquila lucidez del entendimiento. ¡Ah! ¡si yo logro aprender a estudiar! Cuando dirigida por la experiencia rehace mi memoria lo pasado ¡qué claramente descubro el origen de mis males! ¿No es posible, conociéndolos, curarlos? ¡Ah! voluntad, ¡dame tu impulso!
Septiembre 30, 111⁄2h noche.
Anoche, a medida que se aproximaba el día de mi partida, la temía: hoy, cuando ya no puedo realizarla, estoy sintiéndolo: anoche temía que el alejamiento de Madrid fuera contrario al propósito que me alejaba; hoy temo que mis deseos sean irrealizables en Madrid: el campo parecía anoche a mi fantasía vacilante, oscuro, negro, triste, pavoroso, enemigo del reposo de alma que buscaba: hoy el campo se ofrece a mi imaginación con tintas halagüeñas; con silencio persuasivo, con soledad favorable al estudio, a la meditación y a la serenidad. ¿Qué es esto? ¿Hasta cuándo seré niño? ¿Hasta cuándo seré esclavo? Yo tengo el deber de emanciparme de este tirano de mi vida interna que tan difícil me la ha hecho; tengo el deber de ser hombre, y ya es tiempo de ser hombre y de ser libre. Para serlo, todos los tiempos son buenos, todos los sitios propicios, cualesquiera circunstancias convenientes. ¿Me quedo en Madrid porque no debo salir de él? Pues desde mañana empezaré a hacer aquí lo que intentaba hacer en otra parte. Tendré fuerza para realizar desde mañana otras reformas de conducta: ¿Por qué me ha de faltar para leer pensando, y desarrollar mi espíritu estudiando?
El mismo punzante presentimiento que me inquieta; el vago temor de que esa amistad que me había reanimado se extingue en el corazón amigo, es persuasión elocuente. Contra dolor de corazón, movimiento intelectual.
