Por Rhina M. Jiménez M.S.
Contenido para Prensa sin censura
El pasado domingo se llevó a cabo la marcha “Pride Puerto Rico” bajo el lema: visibilidad, orgullo y resistencia. Una demostración cuyo fin es precisamente brindar visibilidad a una comunidad que demuestra su orgullo a pesar de la resistencia de muchos. Han pasado largos años y batallas intensas para que la comunidad LGBTTQ+ tenga la libertad de expresarse de la manera que lo hicieron el domingo. Y no solo hablo de los miembros de la comunidad, sino también de los familiares, organizaciones comunitarias, iglesias, grupos de apoyo, compañías privadas y del gobierno que asistimos a la actividad. Todos expresándonos libremente en defensa de la diversidad, la inclusión, la tolerancia y sobre todo el amor.
Es precisamente el amor que nos une, razón suficiente para hacer la lucha de otros nuestra. No hay que identificarse con ninguna de las letras LGBTTQ+ para entender que todos somos seres humanos y tenemos el derecho de vivir en una sociedad que no nos discrimine. De la misma forma que luchamos en contra del racismo, aunque no seamos negros o en contra de la violencia, aunque no hayamos sido víctimas. Al fin y al cabo, negros, niños, enfermos, ancianos, incapacitados, extranjeros, creyentes o no, todos somos humanos con derechos que nos pertenecen y nos protegen. La compasión y el respeto hacia otros debe ser suficiente para mirar a los ojos a una persona,aceptarla tal cual es y defenderla de ser necesario.
Afortunadamente en mi paso por la vida y desde muy temprana edad, tuve personas en mi entorno que eran de la comunidad LGBTTQ+. Podía reconocer amistades de mi familia o vecinosque tenían “estilos de vida” diferentes, sin embargo, para mí era algo normal. Nadie nunca me inculcó sentimientos de odio o rechazo hacia ellos, no había ninguna razón para hacerlo. Al contrario, siempre fueron personas a las cuales respetaba y en ocasiones hasta velaban por mi bienestar. Por lo tanto, desde niña aprendí que todas las personas somos diferentes y que tenemos la libertad de escoger con quien compartir y cómo vivir nuestras vidas.
Recuerdo estar en casa de mi tía, frente al televisor viendo las noticias que reportaban lo que estaba sucediendo en Mameyespor las lluvias. Tenía yo 9 años y sentía una tristeza enorme al ver tanta gente, sobre todo niños, muertos por esa tragedia. Sonó el teléfono y mi titi Lele me dijo: “ven que es para ti”. Al otro lado estaba mi padrastro, diciéndome que acababa de nacer el bebé y que era un niño. De repente la tristeza de la tragedia se opacó y me inundé de emoción al enterarme que tenía un hermano. Se lo traté de explicar a mi hermana menor, pienso que por su corta edad ella solo se emocionó porque ahora seríamos 3 en vez de 2. Así tal cual, por teléfono y sin ni si quiera verlo ni conocerlo, lo amé.
Ese amor nunca dejó de existir, aún luego de ver que era gordito, negrito e hiperactivo. El amor tampoco dejó de ser, mientras crecía y me di cuenta que era diferente. Ahí me preocupé por él, no por sus preferencias, sino por la sociedad intolerante y discriminatoria a la cual se iba a enfrentar. Afortunadamente, los que vinieron antes prepararon el camino y empezaron la lucha para defender sus derechos, los mismos derechos que nos cobijan a todos. Tenía esperanza de que iba a encontrar en “su comunidad” el espacio para expresarse, ayudar a otros y desarrollar algún sentido de pertenencia. Así fue y de eso siento mucho más orgullo que alivio.
La primera vez que fui a una parada de orgullo LGBTTQ+, acompañada de mi hermano, pensé que iba a apoyar a otra comunidad. Para mi sorpresa, esa “otra comunidad” siempre ha sido la misma que la mía. Frankie, Naldi, las amigas del healthfood, John, Gustavo, las vecinas de al frente, los chicos del apartamento de abajo, mis amigos de la universidad, del trabajo y de la vida… todos presentes en cada una de mis etapas. Me di cuenta que no iba de acompañante, iba como parte de una comunidad a la cual pertenezco sin necesidad de ponerme ninguna etiqueta. Con el compromiso de visibilizar nuestro orgullo, de ser, estar y amar con toda la libertad y el derecho que todos tenemos.
Fue hermoso año asistir este año con mi familia, reconocer caras, abrazar amigos y conocer gente nueva. Entre el mar de colores, banderas de arcoíris, globos y abanicos, laten los corazones de nuestros hermanos, hijos y amigos. Todos seres humanos libres de expresarse como mejor les parezca de forma pacífica, justa e inclusiva. Marchamos bajo el intenso sol tropical para demostrar que al fin y al cabo, el amor siempre gana.

